Galíndez o el crimen perfecto de los hermanos Dulles.

 

Por Aquiles Julián

 

  Posiblemente fue entre los años 1953 y 1954, en medio de la euforia por la operación de Guatemala para derrocar al presidente Juan Jacobo Árbenz, el haber logrado echar para atrás el acuerdo de Aristóteles Onassis y el Rey Saúd bin Abdulaziz de Arabia Saudita para transportar el petróleo saudita en los tanqueros del armador griego y su intervención en Irán donde en agosto de 1953 habían derribado al gobierno de Mossadegh, la confianza de contar con un vicepresidente propio al que le habían manejado su carrera política y era su carta para controlar el poder total en los Estados Unidos, Richard Nixon (algo que Allen Dulles intentó infructuosamente en las elecciones de 1960), que los hermanos John Foster y Allen Dulles decidieron eliminar un pequeño incordio que dificultaba su plan de agenciarse la total colaboración de Francisco Franco: el representante del gobierno vasco en el exilio, excolaborador de la CIA e informante del FBI, Jesús de Galíndez.

El plan que urdieron fue ingenioso y para implementarlo usaron a sus mejores operativos externos, estructuras creadas mañosamente para saltarse el acuerdo logrado a lo interno de Estados Unidos para el surgimiento de la CIA que les impedía operar dentro del país, en aquella porfía por el control que mantenían con Edgar J. Hoover, el poderoso zar del FBI.

 

SÓLO ALLEN DULLES ERA CAPAZ DE INVOLUCRAR A SUS MEJORES AGENTES PARA TAREAS SUCIAS

 

En su plan siniestro estaba el provocar y manipular a un estrafalario dictadorzuelo antillano, egocéntrico y lleno de ínfulas y delirios de grandeza, que se enseñoreaba sobre una islita caribeña, dado al crimen y al servilismo, con el cual accidentalmente pudieron conectar a través de uno de sus operativos más duchos en tareas sucias. Y para implementar el plan recurrieron a sus más señeros operativos externos: Robert Maheu, Horace McMahleen  y John Joseph Frank.

Y sobre todo, contaron con todo el apoyo de los periodistas y medios comprometidos en la Operación Sinsonte (Mockingbird), entre los que sobresalió un agente: Stanley Ross, antiguo director del periódico trujillista El Caribe, cuyo rol en la desaparición de Galíndez es transparente, ya que contribuyó al ocultamiento, siendo editor de El Diario de New York.

Filtraciones a la revista Life y todo un escándalo programado para fijar los reflectores y las sospechas sobre el entorchado y ridículo tiranuelo dominicano dado a los uniformes rimbombantes y a la crueldad gratuita, ayudaron a desviar la atención sobre los reales autores del secuestro y entrega a Rafael L. Trujillo del activista vasco.

Y esa complicidad ha contado con el apoyo de periodistas, investigadores e historiadores, algunos engañados de buena fe por el aparato mediático puesto en marcha y otros partícipes conscientes del encubrimiento, pese a las flagrantes evidencias de que se trató de un secuestro orquestado y realizado por la CIA en territorio norteamericano, con una cuota de sangre inocente norteamericana en crímenes contra sus propios ciudadanos cometidos por operativos de la CIA para encubrir la operación, que aún hoy se mantiene.

Todavía, a tantos años del suceso ocurrido en 1956, la CIA se niega a a hacer del dominio público los documentos que en sus archivos revelan la realidad del secuestro de Jesús de Galíndez. Y puede que cuando se haga, sean documentos adulterados, manipulados, falsa evidencia, para sostener la mentira que durante décadas han hecho creer.

 

EL MIEDO A LA CIA CONTINÚA VIVO

 

Supongo que el miedo a enfrentar los poderes fácticos pervive. Personas y estructuras capaces de violentar toda ley, toda decencia, todo principio honorable, en pro de cometer un crimen y ocultarlo, siguen operando en el mundo y teniendo altas cuotas de poder.

Ni siquiera los vascos han podido llegar a las causas reales del secuestro y asesinato de su representante en Estados Unidos. En Rep. Dominicana, en donde muchos apellidos sonoros se vieron implicados en el ocultamiento del crimen y algunos en su ejecución, el entonces presidente Joaquín Balaguer mandó quemar el crítico legajo del crimen de Galíndez, para borrar su participación en la operación de diversión montada para disimular el asesinato del activista vasco.

Aunque los Dulles organizaron el crimen perfecto: secuestrar y entregar para que lo asesinen a un excolaborador de su país y descargar la responsabilidad tota de su secuestro y la muerte sobre un tiranuelo servil dado al crimen y al abuso, quien lo ejecutó, hay rastros, indicadores, hilachas desprendidas que, al unirlos, permiten ver un cuadro distinto al que la verdad oficial ha querido mostrarnos.

 

LOS VERDADEROS AUTORES DEL SECUESTRO

 

Galíndez no fue secuestrado por Trujillo, sino por operativos a sueldo de la CIA por orden de Allen Dulles, que luego protegió a uno de ellos, el coordinador del secuestro, John Joseph Frank, consiguiéndole una práctica absolución por su crimen.

Y en su ejecución se implicaron Richard Nixon, entonces vicepresidente de Estados Unidos, el crimen organizado y el aparato mediático manipulado por la CIA para desviar la atención hacia los operativos internos y hacernos creer que fueron agentes de una islita caribeña los que planificaron y llevaron a cabo el secuestro.

Hay que tener poco seso para creer eso.

Sobre todo, porque Horace Schmahl, Robert Maheu y John Joseph Frank no eran unos cualquiera, sino parte del equipo élite creado por Dulles para hacer operaciones internas en Estados Unidos sin que Edgar J. Hoover y el FBI pudieran reclamar que violaban los acuerdos que establecían que la CIA podía operar fuera de Estados Unidos, pero que el contraespionaje en territorio norteamericano era parte de las tareas del FBI.

Dulles creó esas oficinas externas para poder decir que eran particulares los implicados, no agentes a sueldo de la CIA (pese a que Maheu recibía un estipendio mensual de parte de la agencia), si eran sorprendidos en sus tropelías.

 

UN VIAJE HACIA LA VERDAD DEL PLAGIO

 

Recreemos, hasta donde sea posible, este crimen que tuvo consecuencias importantes en Rep. Dominicana, ya que, entre otras, creó la condición para el ajusticiamiento de Trujillo en 1961.

Para hacerlo hay que conocer a sus instigadores y actores: los Dulles, un par de abogados filonazis que embarcó a su país en aventuras que perjudicaron seriamente a los Estados Unidos; Nixon, su delfín,  al que impulsaron y con quien pensaban controlar el poder político en su país, y como se relacionaron; la relación de los Dulles y Nixon con el crimen organizado;  los operativos de la CIA que ejecutaron el crimen: Robert Maheu, Horace Schmahl  y John Joseph Frank sobre todo, y cómo se involucraron con Trujillo y el plan por el cual se provocó al dictadorzuelo caribeño para que sirviera a los planes de los Dulles, así como algunos participantes locales cuya conducta es más que sospechosa de colaborar con la CIA, entre ellas la del general Arturo Espaillat Rodríguez, alias Navajita, cuya relación con la CIA posiblemente comenzó en 1954 cuando compartió camarote con John Joseph Frank y fue probablemente reclutado por este para la agencia.

He aquí otra versión, más plausible y menos complaciente o comprometida con los que han promovido una versión impostora y acomodaticia de la verdad, del secuestro y asesinato de Jesús de Galíndez.

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